SOBRE EL MIEDO


Siempre me ha llamado la atención la expresión “el miedo es libre”. Con ella se quiere aludir a que cada uno elige cuáles habrán de ser sus temores o sus inquietudes. Esa frase refleja una de las actitudes más infantiles que yo conozca, a saber, el voluntarismo, el pensar que las cosas dependen de las decisiones que adoptemos ante ellas. Que a veces no cabe duda de que sí podemos controlar o influir en muchos ámbitos, pero en demasiadas otras, las más, el “querer es poder” resulta fuente inagotable de frustraciones, y que cuando se aplica a la política semejante principio, siempre es a costa de una maltrecha libertad que debe pagar el precio de la audacia inane. Pero basta de digresiones. “El miedo es libre”, pocas frases más falsas: el miedo nunca es libre, nunca podemos elegir el objeto de nuestras zozobras ni la medida exacta en que las sentiremos. A lo sumo podremos aplicar el modesto lenitivo de nuestro juicio para intentar racionalizarlas. Y no es poco, esta sería la clave de su superación.
Al revés, el miedo agarrota nuestra capacidad de tomar decisiones, de elegir entre alternativas. Es decir, no hay mayor antídoto contra la libertad que el miedo. Por eso las grandes tiranías instauran siempre el terror como forma de ejercer el poder.
El miedo puede, por tanto, llegar a ser invalidante.
No sé muy bien qué es el miedo o cómo se produce, cuáles son sus mecanismos psicológicos, pero sí cuál es el objeto de su actividad: el miedo es la inquietud ante lo desconocido, es el acoso de la incertidumbre, es el miedo a morir, a sufrir daño. El nuestro o el de aquellos a los que queremos, o el de las cosas que estimamos.
En la angustia del niño que teme quedarse a oscuras, en la desazón del paciente que espera un diagnóstico fatal, en la incertidumbre metafísica de la persona que se interroga sobre lo que pueda haber al traspasar el portón de la muerte, en el desvelo que experimenta la persona que cree que va a perder su empleo sabiendo lo difícil que le será conseguir otro, en la inquietud del amante que cree que ya no es amado... en todas esas manifestaciones del miedo físico y el metafísico siempre late algo parecido: el desgaste moral y psicológico que nos produce NO saber lo que va a pasar o saber que nos va a pasar algo malo, acaso irreparable, pero no demasiado precisado, algo siempre borroso, de contornos poco definidos.
El miedo es siempre nuestro, aunque se proyecte en los otros o tenga a los demás como objeto de aquello que se teme: la madre siente más miedo porque sus hijos puedan morir que porque le suceda a ella misma... pero el miedo es de uno y no es del todo comunicable. Y entendemos el ajeno más por compasión o porque nosotros también lo sentimos que porque nos lo puedan explicar. Además, como con todas las emociones, el pudor añade más obstáculos a su expresión.
Pero seamos ecuánimes: el miedo es a veces constructivo, porque invita a una prudencia responsable, a evitar la temeridad. Y ese sentimiento también ha sido explotado por la literatura, y el arte en general, sobre todo por el cine, lo que nos permite gozar mucho de esas ficciones tremebundas, de la contención de Lovecraft o de las exageraciones de Stephen King (con o sin la cara de Jack Nicholson). O sentir el horror entreverado de miedo, o el miedo veteado de horror cuando miramos un cuadro de Bacon, de Füssli o de Goya.
Convivamos con él, reduciendo en lo posible los límites de su jurisdicción y limitando que contamine otros ámbitos de nuestra vida. Probablemente no lo eliminaremos, pero se puede uno hacer a él, acostumbrarse, como a un vecino molesto del que no te puedes liberar del todo. Que su perturbación no nos inquiete más de lo necesario. Nadie puede vivir sin sus miedos, porque el miedo es también un hijo de nuestra humanidad, es decir, de nuestra racionalidad y de nuestra imaginación. Hasta Juan sin miedo acabó sabiendo lo que era el miedo. Y fue eso lo que lo convirtió en un ser humano.

Nota final: Algunos libros sobre el tema: Anatomía del miedo (José Antonio Marina, Anagrama), un texto cultural sobre el miedo y su complementario, el valor; El miedo en Occidente (Jean Delumeau, Tecnos), una exploración sobre el miedo metafísico en los albores de la Edad Moderna; Más allá del miedo (Giorgio Nardone, Paidós), un trabajo sobre el miedo psicológico patológico y sus formas de tratarlo.

Francisca Abadía Pérez

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