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DOBLE VICTIMIZACIÓN DE LA MUJER CON PROBLEMAS DE ADICCIÓN


La mayoría de los tratamientos terapéuticos para atender las adicciones fueron en su origen generalistas y androcéntricos, especializándose en función de las necesidades que se iban planteando y de los estudios y experiencias que se iban teniendo.
En diferentes estudios realizados en los años 70, tanto del Grupo Pompidou (Grupo de Cooperación para Combatir el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas creado en el seno del Consejo de Europa en 1971), como del estadounidense NIDA (National Institute on drug Abuse) como del Plan Nacional sobre Drogas de España, reflejan que la proporción de hombres que acceden a tratamiento por dependencia a las drogas con respecto a las mujeres es de 8:2 y que se ha mantenido más o menos estable durante las cuatro últimas décadas, por lo que es comprensible que se haya generalizado la idea de que la adicción es una cuestión que afecta en mayor proporción a los hombres sin profundizar hasta hace unos años, en cuestiones tales como: ¿a qué se debe que los hombres soliciten en mayor cantidad atención de deshabituación? y sobre todo, ¿qué está pasando con las mujeres, en realidad consumen menos o lo viven de una manera más oculta? Se les está dando una atención sanitaria y social personalizada a sus características como mujer?
Muchos profesionales del tratamiento en trastornos adictivos ya fueron conscientes de que las mujeres drogodependientes presentaban características especificas a su género, como historias de abusos sexuales, prostitución, violencia de género, cargas familiares, y en especial el sentimiento de culpabilidad y una baja autoestima asociadas al incumplimiento del rol femenino impuesto por la sociedad patriarcal.
La mayor parte de los abordajes de la diferencia de género en los tratamientos de deshabituación de las drogodependencias se han centrado en tres aspectos muy concretos de las mujeres por su condición: el embarazo, la maternidad y las mujeres prostituidas. Pero introducir la variable de la sexualidad no implica que se haya incluido una perspectiva de género.
Como Nuria Romo constata, en los estudios sobre drogodependencias ha sido frecuente ignorar el género como factor explícito de influencia proyectando una imagen de los usos de drogas de las mujeres como una forma desviada de feminidad “normal” y explicado con frecuencia como una compensación de deficiencias físicas o mentales
En 2005, la ONU a través de la Oficina contra la Droga y el Delito (ONUDD) reconoce que la diferencia de género es lo suficientemente condicionante en el tratamiento de drogodependientes como para ser una cuestión a tener en cuenta en todo el mundo.
Recoge los obstáculos sociales, culturales y personales con los que se encuentran las mujeres al acceder al tratamiento por abuso de consumo de drogas. Entre los que recoge:
La estigmatización, vergüenza y culpa, que son mayores para la mujer que para el hombre en la mayoría de sociedades y culturas produciendo una mayor dificultad para reconocer el problema por ellas mismas, ni por sus familias y a veces los profesionales que podrían ayudarlas a recibir el tratamiento. Todo esto dificulta el pedir ayuda. Estos sentimientos se agravan si se trata de mujeres prostituidas y/o madres que no pueden atender adecuadamente a sus hijos
Miedo de perder la custodia de sus hijos. En ocasiones muchas mujeres son derivadas a recursos de atención a las conductas adictivas con la amenaza de perder la custodia de sus hijos. Sin tener a menudo, los profesionales que las derivan, demasiado conocimiento acerca del proceso de deshabituación. Pues uno de los principios para el éxito de un tratamiento es la voluntariedad del paciente. Además, por ese desconocimiento penalizan un consumo de la mujer, entendiéndolo como un fracaso del tratamiento o como una no implicación de la mujer. Esto se une a menudo a que no se cuenta con los recursos óptimos para las necesidades de estas madres. Los centros comunitarios y/o sociales no cuentan con guarderías o ludotecas a las que puedan asistir los menores de las usuarias mientras éstas asisten al centro de día. Tampoco existen comunidades terapéuticas que admitan a mujeres con sus hijos y si existen suelen tener requisitos en cuanto al numero de menores a ingresar y las edades de los mismos. En otras ocasiones se les imponen unos tiempos para conseguir resultados en sus terapias, desde los recursos que deciden el desamparo de los menores, que distan mucho de los aconsejables en el tratamiento. Resulta curioso que son pocos los casos que se plantean retiradas de custodia de los padres varones consumidores.
A pesar de que ya en los años 60 se evidenciaron las diferencias en la adicción en función del sexo, la literatura científica ha sido escasa como nos recuerda Agurtzane Castillo. Aún así vamos a recoger algunas.
En España tenemos que esperar unos años para que se reconozca que las mujeres tienen necesidades especiales en el tratamiento de drogodependencias. En los primeros años del siglo XXI encontramos estudios e investigaciones que evidencian que las mujeres presentan importantes dificultades para acceder a los sistemas de tratamiento especializados para la drogodependencia y que una vez que lo hacen la mayoría de las que acceden manifiestan haber sufrido episodios de abusos sexuales y violencia de género.
También el ámbito institucional se sensibiliza acerca de la cuestión de la discriminación por sexo y desde el Ministerio de Igualdad y de Asuntos Sociales así como desde el Plan Nacional sobre Drogas, se impulsan estudios, materiales preventivos, investigaciones o reuniones profesionales en las que se ha recogido la necesidad de que la perspectiva de género sea incluida en los estudios y políticas sobre drogodependencias en España. La mirada desde el género clarifica la necesidad de redefinir las políticas de drogas y visibiliza las experiencias de las mujeres en sus contextos culturales, diferentes a los de los varones.
Desde los estudios que incluyen el género vemos cómo las políticas de drogas centradas en el estatuto legal de la sustancia no han recogido la problemática de las mujeres que consumen drogas y puede que este sea un motivo de su invisibilización
Aquí es donde muchos profesionales hemos entendido la necesidad de introducir cambios para reducir el androcentrismo inherente en los programas de tratamiento a drogodependientes. Si bien la sociedad se sustenta sobre valores patriarcales, resultaría obvio que dichos valores también influyan en las mujeres drogodependientes.
Sabiendo que dicho constructo cultural determina diferentes roles en función del sexo, que si bien al varón se le permite trasgredir limites, ser osado y valiente, a la mujer se le impone como principal rol el de cuidadora y se le transmite como formación de identidad, la maternidad.
Por todo lo anterior podemos hablar de una doble estigmatización para las mujeres, si el consumir drogas principalmente ilegales se trata de trasgredir limites impuestos por la sociedad, está desobedeciendo un mandato patriarcal. Esta desviación de lo socialmente establecido se agrava al no poder cumplir su máxima como mujer: el cuidar, porque es ella la que debe ser cuidada. Esto les supone una gran carga emocional que les dificulta pedir ayuda. De hecho entre los propios varones adictos, las mujeres consumidoras provocan rechazo, manifestando su preferencia por parejas “libres de drogas” . Por eso mientras a diario vemos en los diferentes recursos de tratamiento de las conductas adictivas, varones a los que les acompañan mujeres en sus procesos terapéuticos, bien sean esposas, hermanas o madres esto no es tan común cuando trabajamos con las mujeres.
Resultan muy interesantes las conclusiones resultantes de la investigación dirigida por Luis Pantoja (2007), en la que no solamente se estudia el punto de vista de 83 mujeres que reciben tratamiento en comunidades terapéuticas o centros de día sino de los profesionales que trabajan con ellas en dichos recursos. Enumero algunas:
  • Casi la totalidad de las mujeres referían una mayor satisfacción de la atención dispensada cuando sus terapeutas eran mujeres. 
  • La mayoría no se sentía libre para hablar temas relacionados con la sexualidad y el género en grupos donde había presencia de varones. Es importante reseñar que un tercio de las mujeres habían sufrido algún episodio de violación a lo largo de su vida.
  • Los profesionales afirmaban que las mujeres presentan heridas psicológicas profundas que deben ser reparadas. Episodios traumáticos en los que el abuso y la violencia ejercidos por hombres tienen una importante presencia y que han marcado su forma de estar en el mundo y de su relación con ellos.
  • Muchas eran madres, y las que estaban en una comunidad terapéutica estaban alejadas del cuidado de sus hijos. Relataban el profundo dolor que les generaba reconocer públicamente que han fallado también en este aspecto. Si la sociedad es mas dura con la mujer drogodependiente, lo es especialmente si es madre. 

Beatriz Sanz Marina
Trabajadora social y terapeuta familiar

Feliz Navidad

Os desea a todos El grupo ARAE
Y las entidades que lo forman:



1 de diciembre. DÍA MUNDIAL DE LUCHA CONTRA EL SIDA.

LA LUCHA CONTRA EL SIDA ES TODOS LOS DÍAS
 

  El lazo rojo es el símbolo mundial para la solidaridad con las personas VIH positivas y con aquellos que conviven con el SIDA. Es una expresión manifiesta de apoyo a las personas afectadas por una enfermedad que a día de hoy todavía provoca rechazo en ciertos sectores de población influidos por el miedo y el desconocimiento.
 
Pero también es un símbolo de reivindicación, una forma de provocar la reflexión conjunta de la ciudadanía que se une para reclamar una vez más los derechos de las personas afectadas por el VIH, y para no permitir que esta enfermedad se olvide a nivel institucional ni se abandone la investigación y el avance científico para abordarla de la mejor manera posible en todas las modalidades, desde la prevención de la infección, al tratamiento de las personas que padecen la enfermedad.
 

Por tanto, el lazo rojo es la herramienta que tiene la población para implicarse en la participación activa en la lucha contra el SIDA, que se conmemora anualmente el día 1 de Diciembre por ser el día en que se diagnosticó la enfermedad por primera vez. Este día se convierte así en un momento idóneo para hacer una parada y recapitular lo que se ha hecho respecto de esta enfermedad, y plantear acciones futuras.

Cande Prats
Diplomada en Trabajo Social